Me gusta verle dormir. Es como ver el mar en calma.
Su respiración se iguala al compás del agua que roza la orilla, sigilosamente.
Al dormir se dispersan las nubes tempestuosas de su frente. Regresa a su lugar correcto cada facción de su rostro y su sueño revela toda su juventud, toda su belleza, como si el resto del día fuesen un secreto.
Al dormir parece que estuviera bajo un encantamiento que le conserva eterno y le hace inmune al tiempo.
En su sueño cada línea de su cuerpo cobra paz y todas manifiestan: que él no es de aquí, que viene de otro mundo extraño a mi memoria, de mi hogar verdadero viene, aquel que vi en los primeros sueños que yo llegué a soñar.
Esa clase de misterios veo cuando a su lado me despierto. Veo que el resto de mis años quiero entregarme a la noche contemplando las aguas del Oasis sereno.
Recibir los días en la calidez de su abrazo.
Con la fragancia de sus besos.
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