enero 21, 2011

Donde anida la dulzura


 "Justo antes de llegar allí una abeja-mosca revoloteaba alrededor. Mi monstruo negro la espantó.
Y allí quedó toda la dulzura de este día, escondida entre los pétalos que acariciaba el sol."

"Llegó el sol", dirían algunos. Pero en realidad es nuestro cielo que cedió ante el giro del planeta, removiendo las nubes que como cortinas nos separaban de la estrella.
Ahora nos abraza la humedad y el calor a veces asfixiante.
Aunque mi espalda y brazos lo resienten, mis ojos y mi cámara (que es otra extensión de mi cuerpo) se regocijan ante el constante juego de luces que convierte en formas interesantes hasta a los aburridos rectángulos de concreto con que los constructores rellenaron las calles de nuestra ciudad.

Por otro lado, las formas de la naturaleza, bajo este juego, adquieren a cada instante una nueva impresión, dignas de ser inmortalizadas en fotografía, pintura y cualquier otro tipo de arte.
Un ejemplo, estas pequeñas flores de enredadera, donde anida la dulzura que se le escapó a mi mosca-abeja.

Al brillo de estos días se une una brisa más viva, cargada de la calidez ausente en los vientos de los días nublados.

A pesar de que mis emociones saltan con ese viento y con la lluvia que lo acompaña bañando tierra, árboles y techos, he aprendido a sentir cariño por nuestros veranos también. Por algo tantos extranjeros hallan su paraíso en estas tierras, mientras mi paraíso son las tierras de ellos.
La naturaleza intrínseca del ser humano es buscar, como me lo dijo una amiga ayer. Debajo de la ansiedad por las posesiones materiales y placeres sensoriales, el humano siempre añora ese "algo más". Ese "algo" casi siempre creemos que está en otro lugar, lejano a aquel en que nos hallamos. Generalmente es verdad.

Pero ver a tantos extranjeros enamorarse de la naturaleza panameña me ha sorprendido y obligado a aprender más de ella, a entender al menos por qué aquello que me parecía repetitivo, monótono y casi irritante (la humedad, el calor, el sol) de pronto se vuelve un tesoro a los ojos de otros.

Así, aunque Panamá está muy lejos de ser mi paraíso personal, poco a poco empiezo a saborear sus riquezas; y sé que cuando por fin abandone este país, hablaré bien del estilo de sus aires, que a pesar de no ser los míos, llevaré con aprecio en mi memoria.

Un beso a todos.
Au revoir.

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